La imagen mental que casi todos llevamos —una cámara acorazada en un sótano con tu efectivo en una caja con tu nombre— es falsa. Cuando depositas dinero, este pasa a las disponibilidades generales del banco, que escribe en su libro mayor una línea registrando que te debe esa cantidad. Tu saldo es esa línea: una promesa, no un montón.
Todo lo que hace un banco es trabajo de cuaderno. Los depósitos son líneas escritas, los pagos son líneas actualizadas y liquidadas entre instituciones, los préstamos son líneas nuevas creadas.
La palabra misma viene de banca, el banco de madera donde trabajaban los cambistas medievales. Al banquero que no podía pagar a sus clientes le rompían el banco — banca rotta — de donde viene bancarrota.
Como todo el montaje descansa sobre la confianza en el cuaderno de una sola institución, los Estados acabaron añadiendo el seguro de depósitos para evitar que esa confianza se agriete.